La lluvia cae sin tregua con resplandores estruendosos que abren la oscuridad y dejan ver las furiosas olas.
40, 50 metros hasta las afiladas rocas. Veo el vacío, veo mi naturaleza desde la orilla del nido. Mi cuerpo húmedo se balancea en pequeños movimientos. Cierro los ojos y me dejo caer.
El viento de lluvia acaricia mi piel en la caída. Me acerco rápidamente a las rocas que me esperan para alimentarse de mi sangre.
En el último momento abro mis negras alas que me jalan hacia el cielo. Planeo y gano altura. Me dirijo a mar abierto, tal vez a un par de semanas de viaje. Pero siempre con la mirada al horizonte, hacia el mar. Siempre en el aire.
Yaljá
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