Sobre una lapida de cruz un cuervo más negro que mis ojos picotea sin cesar la piedra. Frente a la lapida estoy arrodillado y agachado. Tapo mis oídos para no escuchar esos temibles graznidos y picoteos.
Más cuervos se acercan y cantan su desprecio por mi. A cada sonido aprieto más mis párpados y muecas de dolor aparecen. Mis alas están dañadas. Nunca podrán llevarme al cielo otra vez.
Mis ojos ya no están. Huecos vacíos y negros les remplazan.
Sepultados están mis recuerdos y sentimientos. Muertos yacen bajo mis pies. Mi vida eterna es mi futuro.
Yaljá
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