miércoles, 4 de abril de 2012

Vera


En esos pensamientos oscuros es inevitable recurrir a los seres sobrenaturales y míticos. Esos seres nocturnos que poco a poco invaden el día y la vida. Vera es un cuento corto, donde se relata la historia de romance, donde cada palabra es una delicia de sentimientos y de locura de lo sobrenatural ...
Vera
A La Señora Condesa D’ Osmony
La forme du corps lui est plus 
essentielle que sa substance.
La fisiología moderna.
El amor es más fuerte que la Muerte, ha dicho Salomón: sí, su misterioso poder es ilimitado.
   Era una tarde de otoño en París, en estos últimos años. Alrededor del sombrío barrio de Saint-Germain, los carruajes ya iluminados, rodaban retrasados, después del paseo por el Bosque.  Uno de ellos se detuvo frente al portal de un gran y señorial palacete, rodeado de jardines seculares; la cimbra estaba rematada en un escudo de piedra con las armas de la antigua familia de los condes D’Athol, a saber: campo azulado con una estrella plateada, y la divida Pallida Victrix, bajo la corona ribeteada en armiño del tocado principesco.  Los pesados batientes se abrieron.  Un hombre de treinta y cinco años, de luto, con el rostro mortalmente pálido, descendió del carruaje.  En la escalinata, servidores taciturnos sostenían candeleros en alto.  Sin verlos, subió los peldaños y entró.  Era el conde D’Athol.
   Vacilante, subió la blanca escalera que conducía a esa habitación donde, la misma mañana, él había acostado en un ataúd de terciopelo y envuelto en violetas, entre nubes de batista, a su dama voluptuosa, su pálida esposa, Vera, su desolación.
   En lo alto, la dulce puesta giró sobre el tapiz; él deslizó el cerrojo.  Todos los objetos estaban en el lugar donde la condesa los había dejado la víspera.  La Muerte, súbita, la había fulminado. La noche anterior, su amada se había deslizado en placeres profundos, se había perdido en tan exquisitos abrazos, que su corazón, mellado por las delicias, sucumbió.  De pronto sus labios se tiñeron de un púrpura mortal.  Apenas tubo tiempo de dar a su esposo un beso de despedida, sonriendo, sin decir una palabra.  Luego, sus largas pestañas, como velos de luto, descendieron sobre la hermosa noche de sus ojos.
   El día sin nombre había pasado.
   Cerca del mediodía, el conde D’Athol, después de la horrible ceremonia en el panteón familiar, despidió en el cementerio al enlutado cortejo.  Luego, encerrándose solo con la amortajada, entre los cuatro muros de mármol, cerro la puerta de hierro del mausoleo.  Ante el ataúd, se quemaba incienso en un trípode; una corona luminosa de candiles rodeaba la cabezo de la joven difunta.
   Él, de pie, ensimismado, con el único sentimiento de una ternura sin esperanza, había permanecido allí todo el día.  Hacía las seis de la tarde, en medio del crepúsculo, salió del lugar sagrado. Cerrando el sepulcro, arrancó de la cerradura la llave de plata, y alzándose sobre el último escalón del umbral, la dejó caer en el interior del mausoleo.  La había lanzado sobre las baldosas interiores a través del trébol que coronaba el pórtico.  ¿Por qué lo había hecho?... De seguro, luego de una decisión misteriosa de no regresar jamás.
   Y ahora él volvía a ver la viuda habitación.
   La ventana, tras los enormes cortinajes de cachemira malva con brocados de oro, estaba abierta, un último rayo vespertino iluminaba, en un marco de madera antigua, el gran retrato de la difunta.  El conde miró a su alrededor, el vestido echado la noche anterior sobre el sillón; encima de la chimenea, las joyas, el collar de perlas, el abanico a medio cerrar, los pesados frascos de perfume que ella no volvería a respirar.  Sobre la cama de ébano y de sinuosas columnas, permaneció derrotado, junto a la almohada en donde todavía podía verse la huella de la cabeza adorada y divina entre los encajes.   Advirtió el pañuelo enrojecido por las gotas de sangre en el que su joven alma había alentado por un instante; el piano abierto sosteniendo una melodía para siempre inacabada; las flores indias recogidas por ella en el invernadero, morían dentro de los viejos floreros de Sajonia; y, al pie de la cama, sobre una piel negra, las pequeñas chinelas de terciopelo en las que brillaba, bordada en perlas una risueña divisa de Vera: Quien verá a Vera la amará. ¡Ayer en la mañana los pies desnudos de la bien armada jugaban con ellas, besados a cada paso por la pluma de cisne!  Y ahí, ahí en la sombra, el péndulo, al cual le había quitado el resorte para que no tocara nunca otra hora más.
   ¡Ella se había ido!...  ¿Adónde?...  ¿Vivir ahora? ¿Para qué?... era imposible, absurdo.
   Y el Conde se sumergía en extraños pensamientos.  Evocaba su vida pasada.  Seis meses habían transcurrido desde la boda.  ¿No fue en el extranjero, durante un baile de embajada, cuando la vio por primera vez?... Sí.  Ese instante resucitaba frente a sus ojos, nítido.  Ella se le aparecía radiante.  Esa noche, sus miradas se encontraron.  Ellos se reconocieron íntimamente de la misma naturaleza, para amarse por siempre.
   Las conversaciones decepcionantes, las reiteradas sonrisas, las insinuaciones, todas las dificultades que suscita el mundo para retrasar la inevitable felicidad de aquellos que se pertenecen, desaparecieron ante la tranquila certeza que en ese mimo instante tuvieron el uno del otro.
   Vera, hastiada de esas sosas ceremonias, del galanteo con que la asediaban, había ido a su encuentro a la primera oportunidad, simplificando así, de manera augusta, los banales trámites en que se pierde el precioso tiempo de la vida.
   ¡Desde las primeras palabras, las vanas apreciaciones de los galanes ignorados se le antojaron un vuelo de pájaros nocturnos entrando en las tinieblas! ¡Qué sonrisas cambiaron!  ¡Qué inefables abrazos!
   Sin embargo, su naturaleza era en verdad de las más extrañas. E  eran dos seres dotados de maravillosos sentidos, pero exclusivamente terrestres. Las sensaciones se prolongaban en ellos con una inquietante intensidad. Se olvidaban de sí mismos a fuerza de experimentarlas.   Por el contrario, ciertas ideas, las del alma, por ejemplo la del infinito, la de Dios mismo, estaban como veladas a su entendimiento. La fe de un gran número de gente en las cosas sobrenaturales no era para ellos sino un tema de vagos asombros; carta sellada de la que no se preocupaban, no teniendo calidad para condenar o justificar. Así reconociendo que el mundo les era ajeno, se habían aislado, poco tiempo después de su unión, en ese viejo y sombrío palacete, donde el espeso de los jardines amortiguaba los ruidos venidos del exterior.
   Ahí los dos amantes se sumergieron en el océano de los goces lánguidos y perversos en los que el espíritu se mezcla con la carne misteriosa.
   Agotaron la violencia de los deseos, los estremecimientos y las ternuras locas. Hicieron una palpitación de sus seres. En ellos el espíritu se hendía de tal modo en el cuerpo que sus formas les parecían intelectuales y los besos, como mallas ardientes, los encadenaban en una fusión ideal. ¡Qué prolongado éxtasis! De pronto se rompía el encanto; el terrible accidente los desunía; sus brazos se habían separado. ¿Qué sombra le había arrebatado su alma de los violoncelos desaparece con el sonido de una cuerda que se rompe?
   Pasaron horas.
   Miraba por la ventana cómo la noche avanzaba por el cielo, y la noche le parecía personal; la imaginaba como a una reina marchando melancólicamente al exilio, y el broche de diamantes de túnica de duelo, Venus, sola, brillaba por encima de los árboles, perdida en la profundidad del azul.
   -Es Vera- pensó.
    A este nombre, pronunciado en voz baja, se estremeció como hombre que se despierta; luego, irguiéndose, miró en torno suyo.
   Ahora los objetos de la habitación estaban iluminados por una luz imprecisa, la de una lámpara que azulaba las tinieblas y que de noche, desde lo alto del firmamento, hacía aparecer aquí como otra estrella. Era la veladora, con aroma a incienso, de un ícono, reliquia familiar de Vera. El tríptico, de una vieja madera preciosa, estaba suspendido por una estantería rusa entre el espejo y el cuadro. Un reflejo dorado caía vacilante desde su interior sobre le collar entre las joyas de la chimenea.
   El nimbo de la Madona vestida de azul cielo, brillaba rosáceo por efecto de la cruz bizantina, cuyas finas y rojas líneas, fundidas en el reflejo, sombreaban con un tinte de sangre el oriente alumbrado de las perlas. Desde u infancia, Vera admiraba, con sus grandes ojos, el rostro maternal y puro de la hereditaria Madona, y al no consagrarle otra cosa que un supersticioso amor, se lo ofrecía a veces, ingenua, pensativamente, cuando pasaba ante la veladora.
   El conde, ante su visión, conmovido por dolorosos recuerdos hasta lo más secreto de su alma, se levantó, sopló rápidamente la luz santa, y a tientas, en la oscuridad, extendió la mano hacia un cordón, y llamó.
   Apareció un sirviente: era un viejo vestido de negro; llevaba una lámpara, que colocó junto al retrato de la condesa. Cuando se volvió, sintió un temblor de supersticioso terror al ver a su señor de pie, sonriente, como si nada hubiese pasado.
   -Raymond- dijo tranquilamente el conde-, esta noche la condesa y yo estamos agotados; sirve la cena a las diez. Hemos resuelto voluntariamente aislarnos aún más desde mañana. Ninguno de los sirvientes, excepto tú, debe pasar la noche en el palacete. Les entregarás el sueldo de tres años y que se retiren. Luego cerrarás el portal, encenderás las lámparas de abajo, en el comedor; tu nos bastarás. A partir de hoy no recibiremos a nadie.
   El viejo temblaba y lo miraba atento.
   El conde encendió un cigarro y salió a los jardines.
   Al principio, el sirviente pensó que el dolor, demasiado profundo y desesperado, había trastornado el espíritu de su amo. Lo conocía desde su infancia; comprendió en seguida que le choque de un despertar brusco podría ser fatal para el sonámbulo. Su deber, debía ser respetar ese secreto.
   Bajó la cabeza. ¿Una complicidad consagrada a ese religioso ensueño? ¿Obedecer?... ¿Continuar sirviéndole sin tomar en cuenta la Muerte? ¡Qué extraña idea!... ¿Soportaría toda una noche?... Mañana, mañana... ¡Ah! ¿Quién sabe?...¡Quizá!... ¡Extraordinario proyecto, después de todo!... ¿Con qué derecho reflexionaba?...
   Salió de la habitación, ejecutó las órdenes al pie de la letra y, aquella misma noche, la insólita existencia comenzó.
   Se trataba de crear una ilusión terrible.
   La torpeza de los primeros días desapareció rápidamente. Raymond, primero con estupor, después con una especie de cortesía y de ternura, se las había ingeniado tan hábilmente en parecer natural, que no habían transcurrido tres semanas cuando se sintió, por momentos, engañado por su buena voluntad. ¡La verdad oculta palidecía! A veces experimentaba una especie de vértigo, y tenía necesidad de decirse que la condesa en realidad estaba muerta. Se tomaba en serio ese juego fúnebre y olvidaba a cada instante la realidad. Muy pronto necesitó más de una reflexión para convencerse. Vio que terminaría por abandonarse al peligroso magnetismo con el que el conde impregnaba poco a poco la atmósfera que los rodeaba.
   Tenía miedo, un miedo suave e indeciso.
   En efecto, ¡D’Athol vivía en la absoluta inconsciencia de la muerte de su amada! No podía sino encontrarla siempre presente; hasta tal punto la forma de la joven se mezclaba con la suya. Algunas veces, en un banco del jardín, los días de sol, leía en voz alta las poesías que a ella le gustaban; otras, al caer la noche, junto al fuego, las dos tazas de té en el velador, charlaba con la sonriente ilusión sentada, a sus ojos, en el otro sillón.
   Transcurrieron rápido los días, las noches, ls semanas. Ni uno ni otro sabían lo que estaban haciendo. Frecuentemente ocurrían fenómenos singulares, en los que era difícil saber en qué punto lo imaginario y lo real se diferenciaban. Una presencia flotaba en el aire; una forma se esforzaba por aparecer, por hacerse visible en un espacio que se había hecho indefinible. D’Athol experimentaba una doble vida, como un iluminado. Un rostro dulce y pálido, entrevisto como un relámpago, instantáneo como un abrir y cerrar de ojos; un débil acorde súbitamente interpretado al piano; un beso que le cerraba los labios en el momento en que iba a hablar; afinidades de pensamientos femeninos de pronto se le ocurrían como respuesta a lo que decía; sentía en su ser un desdoblamiento como inmerso en una niebla fluida, el perfume vertiginosamente dulce de su amada junto a él; y por la noche, entre la vigilia y el sueño, palabras oídas en voz muy baja; todo la advertía. ¡Era una negación a la Muerte, elevada por fin a una potencia desconocida! Una vez, D’Athol la vio y l sintió tan cerca de sí, que la tomo en sus brazos; pero ese movimiento la disipó.
   -Pequeña- murmuró sonriendo.
   Y se volvió a dormir como enamorado enojado con su amante, feliz y soñolienta.
   El día de su cumpleaños, como broma, puso una siempreviva en el ramo de flores que dejó en la almohada de Vera.
   -Ya que se cree muerta...- dijo.
   Gracias a la profunda y todopoderosa voluntad del conde D’Athol, quien, a fuerza de amor, forjaba la vida y la presencia de su esposa en el palacete solitario, esa existencia había terminado por cobrar un sombrío encanto. El mismo Raymond no sufría ningún espanto, habituado gradualmente a esas impresiones.
   Un vestido de terciopelo negro percibido en el recodo de un pasillo; una voz risueña que le llamaba en el salón; el toque de la campanilla por la mañana, al despertarse, como antaño; todo esto se le había hecho familiar. Se hubiera podido decir que la muerta jugaba a hacerse invisible, como una niña. ¡Ella se sentía amada! Era muy natural.
   Pasó un año.
   La tarde de aniversario, el conde, sentado junto al fuego en la habitación de Vera, acababa de leerle un cuento florentino: “Calímaco”. Cerró el libro. Después, sirviéndole té, dijo: 
   -Douschka, ¿te acuerdas del Valle de las rosas, de las orillas del Lahn, del castillo de las Cuatro Torres?... ¿No te los ha recordado esta historia?
   Se levantó y, en el espejo azulado, se vio más pálido que de costumbre. Tomó un brazalete de perlas y las observó detenidamente. ¿No se las había quitado Vera hacía un momento, antes de desvestirse? Las perlas estaban tibias todavía y su oriente era más suave, como por el calor de su piel. ¡Y el ópalo del collar siberiano que amaba el bello seno de Vera hasta palidecer mórbidamente en su montura de oro cuando la joven lo olvidaba algún tiempo! Antaño la condesa amaba por eso a la piedra fiel... Esa tarde el ópalo brillaba como si ella acabara de quitárselo y como si el exquisito magnetismo de la bella difunta lo penetrara todavía. Dejando el collar y la piedra preciosa, el conde tocó por azar el pañuelo batista, cuyas gotas de sangre estaban húmedas y rojas como claveles sobre la nieve...
   En el piano, ¿quién había vuelto la página final de la antigua melodía? ¡Si la veladora del ícono había vuelto a encenderse! Sí, su llama dorada iluminaba místicamente el rostro con los ojos cerrados de la Madona . Y esas flores indias, recientemente recogidas, que se desmayaban en los viejos floreros de Sajonia, ¿qué mano venía de colocarlas? La habitación parecía alegre y dotada de vida, de una manera más significativa e intensa que de costumbre. ¡Pero ya nada podía sorprender al conde! Todo le parecía tan normal, que no prestó atención siquiera que sonaba la hora en el reloj parado desde hacía un año. Se hubiera dicho que desde el fondo de las tinieblas, la condesa Vera se esforzaba adorablemente por volver a aquella habitación embalsamada por su recuerdo. ¡Había dejado en ella tanto de sí misma! Todo cuanto había constituido su existencia la atraía. En aquel cuarto flotaba su encanto; las violencias desencadenadas por la voluntad de su esposo sin duda habían desatado los vínculos débiles de lo invisible.
   Se le necesitaba ahí. Estaba ahí todo lo que amaba.
   Deseaba venir a sonreírse una vez más ante el espejo misterioso, donde tantas había admirado su rostro de lis. La dulce muerta, allá abajo, se había estremecido entre las violetas, bajo las lámparas apagadas; la divina muerta había temblado sola en su tumba, mirando la llave de plata arrojada sobre las baldosas. ¡También ella quería regresar con él! Y su voluntad se perdía en la idea del incienso y del aislamiento. La Muerte no es una circunstancia definitiva sino para quienes esperan el cielo; pero la Muerte, el Cielo y la Vida, ¿todo eso no eran para ella los abrazos de ambos? El beso solitario de su esposo atraía sus labios en la sombra. Y el antiguo sonido de las melodías, las palabras embriagadas de antaño, las telas que cubrían su cuerpo y guardaban su perfume, esas piedras mágicas que la querían con oscura simpatía, y, sobre todo, la enorme y absoluta impresión de su presencia, opinión compartida finalmente por las cosas mismas, todo la llamaba ahí, la atraía ahí desde hacía tanto tiempo y tan insensiblemente que, curada al fin de la Muerte, ¡sólo faltaba Ella!
   ¡Ah! ¡Las ideas son seres vivos!... El conde había dibujado en el aire la forma de su amor, y era preciso que el trazo se completara con el único ser que le era homogéneo; de lo contrario, el Universo se hubiera desplomado. En ese momento tuvo la impresión definitiva, simple, absoluta, de que ella tenía que estar ahí, en la habitación. Estaba tan seguro de ello como de su propia existencia, y todas las cosas que le rodeaban estaban colmadas de esa seguridad. ¡Se veía! Y como sólo faltaba Vera misma, palpable, visible, era preciso que ella apareciera ahí y que el gran Sueño de Vida y de la Muerte entreabriese por un instante sus puertas infinitas. ¡EL camino de la resurrección era enviado hasta ella por la fe! Un fresco estallido de risa musical iluminó con su alegría el lecho nupcial; el conde se volvió. Y ahí, ante sus ojos, hecha de voluntad y recuerdo, acordada en la almohada de encajes, sosteniendo con una mano sus pesados cabellos negros, la boca deliciosamente entreabierta en una sonrisa llena de voluptuosidades, bella hasta enloquecer, la condesa Vera, todavía un poco adormecida, lo miraba.
   -¡Roger!...- dijo con voz lejana.
   Se acercó a ella. ¡Sus labios se unieron con gozo divino, olvidadizo, inmortal!
   Y entonces advirtieron que en realidad no eran sino un solo ser.
   Las horas rozaron con un extraño vuelo aquel éxtasis donde se unían por vez primera, la tierra y el cielo.
   De pronto el conde D’Athol se estremeció conmovido por una reminiscencia fatal.
   -¡Ah! ¡Ahora recuerdo!...- dijo -¿Qué me sucede? ¡Pero si estás muerta!
   Al pronunciar estas palabras, la mística veladora del ícono se apagó. La pálida luz de la mañana, lluviosa y gris, penetró en la habitación por los cortinajes. Las velas palidecieron hasta apagarse, dejando una humareda acre; el fuego desapareció bajo una capa de cenizas tibias; las flores se marchitaron en un instante; el péndulo del reloj retornó a su inmovilidad. La certidumbre de los objetos desapareció súbitamente. El ópalo, muerto, ya no brillaba; las gotas de sangre se habían secado en el pañuelo de batista; y entre los brazos desesperados que querían en vano retenerla, la ardiente y blanca visión entró en el aire y desapareció. Un débil suspiro de adiós, lejano, llegó hasta el alma de Roger. El conde se irguió; acababa de darse cuenta de su soledad. El sueño se disolvió de golpe; había roto el magnético hilo de su radiante trama con una sola palabra. Ahora la atmósfera estaba colmada de difuntos.
   Como lágrimas de vidrio, agrupadas ilógicamente, tan sólidas que un golpe sobre su parte más ancha no las rompería, pero que rápidamente se convierten en polvo si se les golpea por su extremo más fino, todo se había desvanecido.
   .¡Oh!- murmuró -. ¡Todo ha terminado! ¡Perdida y sola! Ahora, ¿cuál es el camino para regresar? ¡Indícame la senda que puede conducirme a ti!
   De repente, como respuesta, un objeto brillante cayó del lecho nupcial, sobre la piel negra, con ruido metálico. Un rayo del horrible día lo inspiró... El abandonado se inclinó para recoger el objeto, y una sonrisa sublime iluminó su rostro al reconocerlo: era la llave del mausoleo.

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